Saturday, January 03, 2004

I

Justo en los días en que me había acostumbrado a la idea de que no iba a escribir sobre mi viejo, que trataría de olvidar sus hazañas, si es que realmente fueron, recibí una llamada telefónica de Salcedo en el momento en que estaba a punto de conciliar el sueño. Estuve a punto de no atender cuando me di cuenta de que la contestadora estaba desactivada. Él sabía que sufría de insomnio, pero lo que desconocía era que siempre lograba dormirme temprano para luego despertarme a las tres de la madrugada. Si me hubiera llamado a esa hora, quizá me habría encontrado de buen humor.

Mascullando entre la vigilia y el sueño contesté a su saludo eufórico, optimista, como siempre, pero terminé por despertarme cuando me dijo que iba a hacer una película sobre mi viejo. La noticia no me hizo sobresaltar, quizás porque estaba más de allá que de acá. Aunque de Salcedo podía esperar eso y mucho más. Mi sorpresa devino cuando me propuso que le escribiera el guión. El literario, por supuesto, enfatizó como si yo entendiera de cine. Me salí de la cama por la costumbre de no molestar a Irene con la conversación aunque ella no estaba acostada, supuse que estaría en el cuarto de huésped durmiendo porque en la sala no se encontraba cuando pasé a la biblioteca. Allí tomé el otro teléfono que estaba en mejores condiciones. El teléfono inalámbrico del cuarto generaba un ruido que no permitía escuchar fidedignamente al otro, en este caso a Salcedo, que no es que importara mucho lo que él me dijera, siempre escuchaba la mitad de la cosas que me decía que es como escuchar a través del inalámbrico, pero esta vez me interesaba después de oír, no sólo que iba a hacer una película sino la invitación a ser guionista y no es que no me alagara su propuesta, es que no tenía ninguna intención de hacer un guión de cine y menos sobre mi viejo, eso no estaba entre mis proyectos inmediatos. Mientras Salcedo me seguía hablando, por una extraña razón intuí que Irene no estaba en casa, que había salido al cine, supuse. No recordaba ninguna conversación de una salida por la noche. Por un momento llegué a pensar que ella me había hecho alguna propuesta de ir al cine o a cenar en algún restaurante con algunas amistades de ella al que le resté importancia y me negué a acompañarla aduciendo que mañana tenía que trabajar. Quizá, no la escuché. Seguramente salió con sigiloso. No hizo ruido con la puerta ni con las llaves. Si algo había aprendido ella, es a ser comprensiva con mi sueño y con mi insomnio. No sé a cuantas cosas más, pero Irene sabía que esas eran a las que había que respetar porque de ellas dependía el humor del día.

Como toda propuesta que viene de Salcedo, tenía que negarme por principio. Sin embargo, sabía que él insistiría porque si alguna virtud tiene Salcedo es el de lograr que uno termine embarcado a la larga en proyectos que nunca terminan bien, pero singularmente, él siempre queda satisfecho y muy poco le importa la crítica de terceros o por lo menos, eso es lo que nos da a entender. Después de salir de la primera película de él, Prisiones, y salir a celebrar por su estreno al que asistimos sólo los íntimos de aquel momento, encontró a una muchacha en la entrada del bar. Salcedo no podía evitar saludarla porque sabía que la conocía de algún lado y ella le respondió con otra sonrisa. A la pregunta común “en qué andas”, ella le respondió que acaba de llegar del cine y además, que la película era mala. “Qué mala, malísima”. Y no entendía cómo era posible que todavía se hicieran películas sin sentido de autocrítica. “Que hay películas que no hay que ver y otras que no hay que presentarlas al público. Sólo hay que tener un poquito de pudor”. Salcedo comenzó a interrogarla para saber de qué película estaba hablando y no hizo muchas preguntas para entender que se refería a Prisiones. Él se rió con desparpajo y le confesó que él era director de la película. Ella no se ruborizó, le miró a los ojos y con una sonrisa irónica le dijo: “Eres un mal director”. Salcedo volvió carcajear y vino a celebrar con nosotros y mostrarnos su nuevo triunfo, alguien que era capaz de decirle en su cara que su película, la que estábamos celebrando el estreno, no sólo era mala, sino malísima. Todos lo sabíamos, pero nadie se lo dijo. Así que de nada servía entonces que le diera excusas para no hacer el guión de la vida de mi viejo porque siempre él terminaría diciendo que yo era la persona más adecuada para escribirlo. No recuerdo si me dijo el título, un monosílabo, quizás, que me parecía muy común, como algo ya visto. Tampoco le di mucha importancia a lo que me decía, sólo le seguía la corriente porque sabía que la película no iba a quedar bien, pero no porque fuera mal actuada, sabía que contaría con un buen reparto o porque la fotografía fuera inadecuada. Si algo tiene de bueno las películas de Salcedo es la fotografía que siempre está a cargo del Polaco.

Por alguna razón que nadie puede explicar, Salcedo siempre lograba reunir a lo mejor de lo mejor, quizás, en este caso específico, el único que no había logrado méritos para merecer estar en la cofradía de Salcedo era yo, que hasta el momento no había demostrado ni siquiera ser un escritor de pequeñas historias. Eso era lo que en un principio pensaba que podía ser mi destino, contar historias mínimas, un libro de anécdotas, de pequeños detalles de la vida hasta que me di cuenta que no sorprendía a nadie, que la vida de uno era de un total aburrimiento que por más forma literaria que le diera, no tenía sentido. Ni siquiera a mi me animaban las historias que contaba. Esa era la edad en que todo me parecía importante y los libros estaban todos subrayados. Y cuando digo subrayados, lo digo con todas sus letras y en mayúscula, porque así era como dejaba los libros, subrayados casi en su totalidad. Era la época cuando uno no sabe diferenciar lo que era una idea principal de una secundaria y miope al fin, lo subrayaba todo. Todavía mantengo aquellos libros para recordar esa edad donde lo importante no lo veía y para burlarme de lo idiota y fetichista que era de la palabra. Condiciones natas que trajeron como consecuencia una enfermedad que algunos llegaron a comprender y a alabar, y es que a punta de andar subrayando todo, no sólo me quedó una colección de marcadores Rotring azules y rojos con puntas de diferentes grosores, también logré acumular citas de memoria y cada vez que iba decir algo, recordaba alguna cita memorable y la lanzaba orgulloso. De esta manera lograba frases dignas de aplausos y sonrisas de complicidad, lo que demostraba no sólo el dominio sobre el tema, sino su comprensión a cabalidad. Irene fue la única que se dio cuenta de que además de vestirme siempre con colores de tono kaki, color que no entendía y que no lograba compaginar con mi inusual manera de abordar la conversación, es decir, a punta de citar a grandes escritores. Una vez me dejó casi sin habla cuando me increpó desde sus labios carnosos con ironía por qué cada vez que habría la boca, tenía que nombrar a alguien. Tamaña pregunta fue un duro golpe a mi conciencia porque era la primera vez que me advertían que no tenía voz propia. Sólo atiné a responder que no tenía nada importante que decir porque otros ya lo habían hecho. Es por ello que cada vez que iba a decir algo que no me pertenecía era mi deber decirles que, no sólo era una cita, sino un riguroso pie de página que incluía la edición y la editorial a la que hacía referencia. Algunas veces hasta de quién era el traductor, si me refería a algún autor anglosajón.

Salcedo era una de las pocas personas que creía en mí, no sé si porque él no superó esa edad de subrayarlo todo en la vida o porque realmente me consideraba su amigo. Por mi parte, trataba de darle dosis de mi remedio burlándome de él y de decirle que lo que hacía no tenía gran importancia, que nadie le interesa más que a él lo que él hacía. Salcedo lanzaba al aire una sola carcajada, con una sola bastaba, como celebrando mi desparpajo sobre su persona. Él era lo más parecido al optimismo en pasta y eso era lo que le inyectaba a todos sus proyectos. De alguna manera, así como yo no podía negarme, nadie podía hacerlo. Pero de lo que él no se daba cuenta es que era un pésimo director de cine y nadie quería hacérselo saber, mucho menos decirle que lo de él es la fotografía, pero la fotografía de foto fija, nada que ver con los cuadros en movimiento. Nadie era capaz de lastimar a un alma tan feliz como la de Salcedo que entregaba todos sus ahorros para hacer una película. Sólo aquella muchacha de aquél bar, del cual sólo queda en el recuerdo en algunos, menos en Salcedo porque todo lo que ganaba en una temporada de trabajo limpiando jardines en Tampa, regresaba a Caracas y lo invertía en realizar una película que la gente, apenas al terminar de ver la función, la olvidarían. No por mala, porque está claro que la fotografía era insuperable, sino por incomprensible.

–Viejito, cómo te parece la vaina –continuaba optimista Salcedo desde el otro extremo del teléfono.

–No sé –lo dije sin mucho convencimiento.

–Vas a ver que esta vez si la vamos a poner en la China. Cuento contigo –esta última frase no sé si la dijo en forma de interrogación o de afirmación, pero mi error consistió en entender al final que era una afirmación y entablar una conversación sobre el proyecto en sí, en empezar a discutir sobre el personaje de la película.

–Tú sabes muy bien que yo tengo una visión diferente sobre mi viejo y si escribo esa historia será contando toda la verdad, la que tú y muchas personas que lo admiran y lo quieren desconocen y quizás les guste mucho conocer.

–¿Quién dijo miedo? Vamos a darle con furia que esta oportunidad es única. No te has dado cuenta que en América Latina nadie hace películas sobres sus héroes anónimos. Quién conoce la vida de tu viejo. Nadie, solo tu familia y los más cercanos. De resto nadie. Por eso me parece importante dejar un testimonio, aunque parezca ficción, pero insito, es importante que dejemos sembrada la duda de si verdaderamente tu viejo existió y al que le pique, que busque, que seguro algo conseguirá.

–Todos tenemos un lado oscuro y ustedes sólo conocen el lado feliz de mi viejo –sentencié sin lograr que Salcedo me escuchara.

–Si nos detenemos solamente en eso entonces no tendría sentido nada. Hablemos de sus hazañas y también de lo hijo de puta que fue. Escríbelo y veremos. Te aseguro que las inconformidades que sientes por tu viejo son mariquerías que confundes con hijueputadas.

–Hay cosas que uno no le perdona a su viejo, pero…

–Cuento con eso, viejito –me interrumpió nuevamente entusiasmado, como si ésta fuera su primera película o la última–. Mañana voy por tu casa a llevarte unos materiales para que lo revises y hablamos más a fondo sobre la película.

–Te pregunto algo, Salcedo, cómo la vas a financiar. No me digas que te ganaste la lotería y decidiste quedarte nuevamente arruinado.

–Tu tranquilo que eso está resuelto. Por cierto, con el guión te puede echar una mano, mejor dicho, un par de dedos Ernesto Reyes. Él escribió el guión de mi última película, Midas, pero eso si tú lo deseas. Sólo cuento con decirte que él se ofreció.

–No te preocupes, yo me basto solo con el guión. Que Ernesto se dedique a su poesía, que eso le sienta bien a él, no así a la poesía.
Pensé agregar otra frase a la conversación, como decirle que le agradezco su ayuda, pero realmente no me salió y lo dejé así. Quedó un silencio un poco incómodo y como siempre, Salcedo ni se dio por aludido. Tampoco tenía por qué sentirse.

–Una última pregunta, ¿hablaste con mi viejo sobre esto? ¿Él está de acuerdo?

–No sólo estuvo de acuerdo, sino que le encantó la idea e inmediatamente me invitó a su casa para que nos tomáramos unos escoceses y hasta que no acabamos con la tercera botella, no nos dejó ir. No te imaginas la borrachera que agarramos. Cuando me fui, sentí que tu viejo había rejuvenecido. Después nos enteramos que no podía beber más de dos copa de vino o una onza de wisky por día. Yo lo sentía como si estuviera en la flor de la vida, no sé si me explico, pero al parecer en los días siguientes estuvo sangrando por el orificio urinario.
–¿Quién te acompañó? –pregunté como si no me extrañara los sangramientos repentinos de mi viejo.

–Marta –me contestó con cierta reserva y después dijo, como apenado: y Ernesto Reyes.

Lo sabía, Salcedo nunca está solo. Siempre anda acompañado. Marta me llegó a confesar en alguna oportunidad que a Salcedo no había que dejarlo solo porque sufría de depresiones concéntricas. Lo de concéntricas era una palabra que a ella se le había pegado a falta de no recordar exactamente la palabra clínica. A mi parecer, a Salcedo las depresiones le caían muy bien. Si algo necesita él, es estar solo para que pueda hacer lo que más le gusta: fotografiar lo que está a punto de estallar, de abrirse, de elevarse. Es así como logró aquel retrato de una ave en medio de un atardecer en el estéreo en Pariaguán. La foto no era el ave ni el atardecer como se aprecia a primera vista, sino el inicio de un cambio de estado, de la quietud al movimiento, de la tierra al cielo porque justo cuando iba a levantar el vuelo el ave, Salcedo logró hacer clic con su cámara sin que le temblara el pulso, sin que se moviera nada y toda la quietud quedó expresada en ese instante en que el ave va a alzar el vuelo y las patas apenas tocan el agua dejando ondas circulares en un estanque donde la gracia estaba en ese leve movimiento que ejerce el despegue mientras el atardecer lo inunda todo, haciendo que el breve pastizal parezca un muro de contención de algo que en minutos va a desaparecer: la luz.

En la medida que continuaba la conversación que ya empezaba a finalizar, Salcedo me daba a entender que se había visto varias veces con mi viejo.

–Otra última pregunta: ¿Le comentaste al viejo que yo escribiría la historia?

–No se lo dije, pero tranquilo, viejito. Él no tiene por qué saber todas las cosas que hay detrás de las cámaras. Mañana te llevo los materiales que te comenté. Nos vemos en el espejo, viejito.

–Qué materiales son esos –intenté preguntarle pero él ya se estaba despidiendo con un arrivedercci apresurado. Si quería cortarme la conversación porque estaba apresurado debió escoger una palabra más corta como chau o adiós, pero no, el arrivedercci logró que la conversación concluyera sin más ni más, dejando en mí una sensación que se confundía con el tono descolgado del teléfono.

Siempre quise escribir la historia de mi viejo pero desde mi perspectiva, desde la visión del niño que sólo observaba, que nada más escuchaba y que debía callar porque eran tiempo de hacer silencio. Las paredes escuchan, me decía mi viejo. Sólo cuando me di cuenta de que no tenía una voz propia y que yo no debía ser el protagonista de esa historia, sino él, desistí de escribirla. Al final de cuentas era su vida, pero sobretodo porque eran sus palabras las que usaba cuando relataba sus hazañas, además de sus frases y sus giros llenos de suspense y de gracia.

Después de meditar por tanto tiempo que no escribiría sobre mi viejo, viene Salcedo con esto de hacer una película. Por un momento llegué a pensar que todo esto no era más que un deja vu puesto que ya había hablado mucho sobre él y en vez de ayudar a mejorar nuestra relación, lo que hacía era empeorarla, a tal punto, que llegó un momento en que no quería saber más nada de él, pero como era imposible evitar su imagen, tomé la decisión de alejarme de él y de toda la familia.

Sin embargo, nunca se está al tanto de saber qué tan cerca estás de quien uno quiere estar bien lejos. Aunque uno jamás acabe por comprender si es para resguardo propio o de otros. Sólo Salcedo podía disipar las ausencias y los rencores colocándome su proyecto como si fuera en bandeja de plata: Hacer una película sobre la vida de mi viejo en tan solo 90 minutos, lo que dura un partido de fútbol sin minutos de descuento. Por un momento pensé que esta sería una buena ocasión para contar la verdad, pero no tenía ningún sentido patear la imagen de quien muchos consideran un héroe. Es por ello que decidí escribir la historia tal como mi viejo quisiera contarla. Lo que si estaba claro, desde un principio, es que la película sería un fiasco y esa responsabilidad sería única y exclusivamente de Salcedo.